Grandes o pequeñas, monoparentales, urbanas, rurales, dispersas
o integradas, la familia sigue siendo el grupo primario de convivencia y
desarrollo, la primera escuela de la vida, con una gran función social y
educativa, que define el desarrollo de sus miembros, tanto de forma individual
como a nivel colectivo, de forma positiva o negativa.
La familia es fundamental para la protección de sus miembros, su
estabilidad física y emocional, la conformación de valores, para dar sentido de
pertenencia, siendo fuente de satisfacciones y disgustos, de alegrías y
tristezas que forman parte del vivir cotidiano.
En toda familia, siempre operan dos tendencias o fuerzas que le
dan la propia constitución como tal. Una tendencia centrípeta que mantiene
cohesionados a sus miembros, estableciendo vínculos duraderos y profundos con
una continuidad en el tiempo y otra tendencia centrífuga que permite que los
miembros de una familia se diferencien, se individualicen y en algún momento
vital, formen ellos mismos sus propias familias.
Este interjuego de fuerzas que nos posibilita ver la dinámica de
toda familia, suele tener un alto grado de complejidad, en la que influyen
muchos factores; ya que un sistema familiar no constituye una realidad
bidimensional simple, sino una realidad tridimensional más compleja, en que las
relaciones del pasado aterrizan en el presente y se pueden desarrollar en el
futuro.
Estas fuerzas, en particular en las situaciones de crisis,
pueden volverse rígidas o flexibilizarse exacerbadamente, tendiendo una de
ellas a predominar. La mayoría de las familias, logran adaptarse a los cambios
externos sin producir disfuncionalidades significativas. Se trata de un proceso
de transición, volviendo las aguas a su propio cauce, es decir, a una
salubridad relacional. Sin embargo algunas otras, ya sean por ciertas
dificultades internas o por aumento de las exigencias externas no toleran el
estrés y la presión, y comienzan a utilizar mecanismos disfuncionales que
pueden provocar diversos trastornos.
Los periodos de crisis son etapas de desestabilización del
equilibrio, periodos de cambio. Cuando la interacción entre los miembros no
permite su bienestar, desestabilizándose frecuentemente las relaciones, la
disfuncionalidad entra en acción.
Este tipo de familias, también llamadas aglutinadas, tienen los
siguientes rasgos característicos:
Autonomía: Puede verse
perjudicada debido a que el exaltado sentido de pertenencia requiere un
importante abandono de la autonomía. La carencia de una diferenciación en
subsistemas desalienta la exploración y la autonomía en el dominio de los
problemas. Esta característica inhibe el desarrollo cognitivo-afectivo en los
niños.
Relación con el estrés: La
conducta de un miembro afecta de inmediato a los otros, y el estrés de un
miembro individual repercute intensamente a través de los límites y produce un
rápido eco en los otros subsistemas.
Respuesta ante el cambio:
Responde con excesiva rapidez e intensidad. Por ejemplo, hay una conmoción general
porque el hijo no toma la sopa.
Límites: Los límites entre la
familia nuclear y la de origen no se conservan bien; los que separan el
subsistema parental del de los hijos se borra de manera impropia; los roles
de padres y de cónyuges suelen no estar bien definidos. Los hijos no se
diferencian sobre la base de la edad o nivel de maduración, de modo que el
subsistema fraterno no puede contribuir adecuadamente al proceso de
socialización de sus miembros.
Tendencia a la triangulación:
Incapacidad para transacciones diádicas. Cada vez que hay un conflicto entre
dos, interviene una tercera persona. La interacción es triádica o grupal, no
diádica.
En este tipo de familias, sus miembros están mezclados y
confusos. No hay manifestaciones de autonomía ni de independencia. Alguien
quiere hacer de los otros “otro yo idéntico”. La familia se rige por una
dinámica de poder y sometimiento en la que alguien domina y otros están
dominados y controlados. Hay pérdida de identidad y por ello peligro de rotura
por no poder ser “yo mismo”. La individualización y la autonomía personal
resultan difíciles y sus miembros se sienten asfixiados por una dependencia
exagerada. En una atmósfera tan densa, no es extraño que proliferen juegos de
relación turbios, a cuya sombra pueden desarrollarse distintos trastornos
psicóticos y graves manifestaciones psicosomáticas.
Una pareja tuvo dos
hijos y al poco tiempo de nacer el segundo, el marido la abandonó. Ella se
apoyó y recuperó a través del cariño de sus hijos, quienes entraron en una relación
de dependencia respeto al núcleo familiar. A medida que iban pasando los años,
el hijo mayor empezó a separarse del núcleo – se fue a estudiar fuera, conoció
a una chica,... – y el pequeño cada vez estaba más apegado a la madre, a quien
le parecía perfecto. Cuando el mayor se marchó definitivamente de casa, la
madre y el otro hijo se unieron mucho más, cuidando él a su progenitora de
forma exagerada. Los años fueron pasando y madre e hijo continuaron igual,
hasta que apareció un hombre en la vida de la mujer. A medida que se iba
estabilizando la pareja, el chico se iba adelgazando hasta tal punto de que fue
necesario ingresarlo en un centro de trastornos alimentarios. La madre se volcó
tanto por su hijo que el hombre se marchó. El chico, milagrosamente, se
recuperó y ahora, con un poco de barriga, vive feliz al lado de su madre.
Este caso es un ejemplo claro de sistema aglutinado, donde los
subsistemas están entremezclados y confusos, sin que permita a sus miembros
diferenciarse unos de otros y si alguien lo hace, es a expensas de otro
miembro. La intervención terapéutica tendría que ir encaminada a situar a cada
miembro en el rol que le corresponde, buscando las necesidades en su
subsistema, dejando “tranquilo” a los otros miembros de diferente nivel.
